Lo adquirieron en el año de la pandemia, así podrían salir de sus casas, era la excusa perfecta, le buscaron un nombre.
El animal se adaptó a la familia, lamía las manos de los que le rescataron de una perrera y jugaba con las pelotas. Paseos largos al principio, cortos después, para finalmente, apartarlo en el balcón. Ya no lo necesitaban, no sabían como deshacerse de él. Le dejaban en el parque, en otro barrio y sin embargo, él siempre volvía a la casa donde creía pertenecer. ¡Quién sabe si algún día lo lograrían!
El pobre quedaría solo, sin conocer el motivo de los que un día dijeron amarle y ahora le abandonaban, todavía llevaba pegado el olor a la familia, a la que creía que pertenecía.
Caminaba por la carretera, sin saber a donde dirigirse, buscaba los rostros de los que un día le quisieron, si tuviera suerte, puede que encontrara un lugar donde le pondrían un nuevo nombre, y esperaría a una nueva familia. ¡quién sabe si algún día lo lograría!
Caminaba sin rumbo, no conocía el lugar, agotado y hambriento, reclamaba en las gasolineras un pedazo de pan, solo eso, y despeluznado y sucio le echaban de su lado los desconocidos.
Ahora, veía los rostros de los humanos, y se dio cuenta de la maldad que existía. Dos años de alegría vivió para cruzar una carretera y ser atropellado. Ni quien lo hizo se detuvo, ahí quedó muerto con la única esperanza de encontrar a la familia a quien le quería.
Yolanda Trancho- Escritora

 

 

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