Salía sudoroso de un día eterno. Su esposa y sus hijos le esperarían en casa. La primavera comenzaba y desde la Semana Santa se permitía el lujo de tomar unas cervezas con sus compañeros, le entró la risa solo de pensarlo.
Entró en el bar ojeando la mercancía nueva y ahí estaba la jovencita recién traída de algún país, la miraba de manera lasciva, y por supuesto, esta tarde sería suya. Madre mía, la tenía reservada tres horas. Ya se había encargado de reservarla por tres horas, una pasta tuvo que abonar, sin embargo, no le importaba, la pieza lo valía.
La joven estaba apoyada en la barra del bar con un vaso de agua, que parecía anís, y al verlo mostró una sonrisa de complicidad y con la mano le invitó a que se acercara mientras una lágrima brotaba y a la vez sonreía con dolor contenido. El olor de ese putrefacto hombre le llegaba desde la entrada.
― ¡Te has puesto bien guapa para mí! Si sé que te gusto.
― Por supuesto, te estaba esperando.
La joven le tomó del brazo y le beso en el cuello que olía a rancio y unas náuseas le surgieron. El hombre acariciaba la parte baja de la cintura y la acercaba a él, mientras el miembro viril le apretaba en los pantalones. La joven recordaba la deuda que tenía, y la cual no podría pagar en años, los mejores de su vida.
Subieron a la habitación; el hombre con barriga prominente y dientes amarillentos se desvistió con rapidez.
La joven ralentizaba el momento, aunque el ansioso por tomar ese cuerpo juvenil, la lanzó en la cama y la penetró. El dolor hiriente le hizo morderse la lengua, si gritaba, recibiría a cambio golpes, no sería ni la primera ni la última vez.
Las tres horas se volvieron interminables para una y cortas para él, quien salió de la habitación una vez el encargado del local daba por zanjado el tiempo contratado.
Anaís, su nombre de guerra, acabó su primer turno de trabajo, se vistió de nuevo con unas bragas diminutas y un sujetador con pedrería para bajar de nuevo.
La esperaban más clientes, la noche se volvería eterna.
© Yolanda Trancho- Escritora
Entró en el bar ojeando la mercancía nueva y ahí estaba la jovencita recién traída de algún país, la miraba de manera lasciva, y por supuesto, esta tarde sería suya. Madre mía, la tenía reservada tres horas. Ya se había encargado de reservarla por tres horas, una pasta tuvo que abonar, sin embargo, no le importaba, la pieza lo valía.
La joven estaba apoyada en la barra del bar con un vaso de agua, que parecía anís, y al verlo mostró una sonrisa de complicidad y con la mano le invitó a que se acercara mientras una lágrima brotaba y a la vez sonreía con dolor contenido. El olor de ese putrefacto hombre le llegaba desde la entrada.
― ¡Te has puesto bien guapa para mí! Si sé que te gusto.
― Por supuesto, te estaba esperando.
La joven le tomó del brazo y le beso en el cuello que olía a rancio y unas náuseas le surgieron. El hombre acariciaba la parte baja de la cintura y la acercaba a él, mientras el miembro viril le apretaba en los pantalones. La joven recordaba la deuda que tenía, y la cual no podría pagar en años, los mejores de su vida.
Subieron a la habitación; el hombre con barriga prominente y dientes amarillentos se desvistió con rapidez.
La joven ralentizaba el momento, aunque el ansioso por tomar ese cuerpo juvenil, la lanzó en la cama y la penetró. El dolor hiriente le hizo morderse la lengua, si gritaba, recibiría a cambio golpes, no sería ni la primera ni la última vez.
Las tres horas se volvieron interminables para una y cortas para él, quien salió de la habitación una vez el encargado del local daba por zanjado el tiempo contratado.
Anaís, su nombre de guerra, acabó su primer turno de trabajo, se vistió de nuevo con unas bragas diminutas y un sujetador con pedrería para bajar de nuevo.
La esperaban más clientes, la noche se volvería eterna.
© Yolanda Trancho- Escritora